jueves, 10 de enero de 2013

En búsqueda de la Meta


Era el 1980 cuando por primera vez en nuestro país se transmitía por televisión y en vivo el Maratón de Nueva York, yo, amante de todos los deportes, me preparé para verlo como cualquier otro de los eventos deportivos que teníamos oportunidad de ver, nunca esperando que la experiencia significara tanto para el resto de vida.

Ya comenzada la carrera no pude quitarme del frente de la televisión, como si un imán me tuviera pegado a ella, viendo  la gente corriendo, la mucha gente corriendo, y a la vez preguntarme por qué ellos corren tantos kilómetros y por qué yo no puedo dejar de verlos. Ya después de dos horas de carrera comenzaban los primeros a llegar a la meta, y claro, estos eran los más celebrados por los narradores ya que eran los ganadores, y ellos mismos celebraban exhaustos el logro, pero lo que más me llamó la atención, fue que a medida seguían entrando a la meta las personas celebraban más que los ganadores. Hablamos de treinta dos mil y tantas celebraciones de mujeres y hombres de todas las edades, esto de inmediato me hizo preguntar, ¿por qué yo no puedo ser uno de ellos si yo también puedo correr? y  con la inocencia del niño, y tal vez con el subconsciente de quien soy, me juré que algún día yo sería uno de ellos.

Correr siempre fue parte de mis actividades y mis entrenamientos, jugué muchos deportes, competí para ganar en todos ellos, y el Maratón de Nueva York se convirtió por años en esa gran meta que algún día haré que muchas personas tienen, pero casi nunca cumplen. Lo veía año tras año en la televisión y se daba siempre el mismo fenómeno, me fascinaba ver las personas corriendo y  no podía dejar de verlo ni por un segundo, y ya era una rutina, esa tarde salía a correr lo que para mi eran muchísimos kilómetros, si mal no recuerdo no pasaban de tres o cuatro, imaginándome corriendo en las calles de Nueva York y tratando de llegar a la meta.

Ya un hombre casado, con hijos y luego de haber competido en muchos deportes, correr seguía estando en mi vida como el ejercicio que me permitía sudar, sentirme bien y el de más fácil acceso,  por lo que salir a trotar unos cuantos kilómetros dos a tres veces por semana se convertía en el deporte que se quedaba en mi vida.
Un día recibí la invitación de mis dos mejores amigos a participar en una carrera de cinco kilómetros, sin pensarlo dije que sí y a correr fuimos, no fue una muy grande ni muy celebrada, pero para mi fue el despertar del amor a querer llegar a la meta y esa meta era finalizar el Maratón de Nueva York.

El querer correr el Maratón de Nueva York (puede ser cualquier maratón) te hace dar cuenta de una gran realidad, NO vas a ganar el maratón de Nueva York, y fue ese el atractivo y enseñanza que me estaba dando esta carrera desde el primer día que la vi. Yo acostumbrado a competir y querer ganar, quería participar en un evento donde no iba a ganar, sencillamente quería terminar, pero ahí solo comenzaba la enseñanza. No es hasta cuando entrenas para tu primer maratón y lo terminas que te das cuenta que ganar no es necesario para poder decir que llegaste a tu meta.



En 1998 corrí y terminé mi primer maratón de Nueva York. Fue la experiencia deportiva más espectacular y satisfactoria que había tenido en toda mi vida. Primero vivir aquella carrera que tanto significaba para mí y segundo haber logrado una meta que me había costado tanto esfuerzo y sacrificio, algo que no comparaba con las satisfacciones de aquellos triunfos que pude tener en los deportes que tanto competí y sin embargo en esta no gané la carrera.


El experimentar este sentimiento de lograr esa meta que tanto cuesta se convierte en algo que nos invita a querer seguir haciéndolo y mientras más tenemos que trabajar y más difícil es la meta muchísimo más nos llena.



¿Tienes tú una meta que quieres conseguir con todas tus ganas?



Yo sigo en busca de la meta.



JLM

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